texto del libro favorito
ahora bien un texto de uno de mis libros y series favoritas titulada "a todos los chicos de los que me enamore" saque unos ejemplos de cuales son cada uno de ellos distinguiendo con cada color su objetivo.
texto
Josh es el
novio de Margot, pero podría decirse que toda mi familia
está un poco enamorada de él. No soy capaz
de asegurar quién de nosotros lo está más. Antes de ser el novio de Margot, era sólo Josh.
Siempre justo estuvo ahí. Digo siempre, aunque
supongo que no es cierto. Se mudó a la casa de al lado hace cinco años, pero tengo la sensación de que siempre ha estado ahí.
Mi padre quiere a Josh porque es un
chico y mi padre está rodeado de chicas. Lo digo en serio:
se pasa el día rodeado de mujeres. Mi padre es
ginecólogo, y resulta
que también es padre de tres
hijas, así que no hay más que chicas, chicas
y más chicas todo el día. También le gusta Josh porque éste es aficionado a los
cómics y le acompaña a pescar. Mi padre intentó llevarnos a pescar una vez y yo
lloré porque los zapatos se me ensuciaron de barro, Margot
lloró porque se le mojó el
libro y Kitty lloró porque seguía siendo prácticamente un bebé. Kitty quiere
a Josh porque juega a cartas con
ella y no se aburre.
O al menos, finge no aburrirse. Llegan a acuerdos entre ellos: «Si gano la
próxima mano, tienes que prepararme un sándwich tostado de mantequilla de
cacahuete crujiente, sin corteza». Kitty es así. Al final, seguro que no queda mantequilla
de cacahuete crujiente y Josh dirá: «Mala suerte, escoge otra cosa». Pero Kitty
insistirá hasta el agotamiento y Josh saldrá a comprar un poco. Josh es así.
Si tuviese que explicar por qué lo quiere Margot,
creo que quizá respondería que porque todos lo queremos. Estamos en el
salón; Kitty está pegando fotos
de perros en un pedazo gigante de cartón. Está rodeada de papelitos y de retales.
Canturreando para sí, dice:
—Cuando papi me pregunte qué
quiero por Navidad, le
responderé: «Escoge una de estas razas y estaremos en paz».
Margot y Josh están en el sofá; yo estoy tumbada en el suelo, viendo la tele. Josh ha preparado un gran bol de palomitas
y estoy entregada a él, un puñado de palomitas tras otro.
Aparece un anuncio de perfume:
una chica corre por las calles de París con un vestido de espalda descubierta de
color orquídea, fino como un pañuelo de papel. ¡Qué no daría por ser esa chica del vestido
liviano como el papel correteando por París en primavera! Me incorporo de
repente y me atraganto con una palomita. Entre tos y tos, exclamo: —¡Margot,
encontrémonos en París para las vacaciones de primavera! Ya me imagino a mí
misma revoloteando con un macarrón de pistacho en una mano y uno de frambuesa
en la otra.
A Margot se le iluminan los ojos.
—¿Crees que papá te dará permiso? —Claro que sí: es un viaje
cultural. Tendrá que dármelo.
Pero también
es verdad que nunca he viajado sola en avión. Ni tampoco he viajado al extranjero. ¿Margot y yo nos encontraríamos en el aeropuerto o tendría que encontrar la pensión yo
sola?
Josh debe de notarme la súbita
preocupación en la cara, porque dice:
—No te preocupes. Seguro que
tu padre te dará permiso
si yo te acompaño. Me animo al instante.
—¡Sí! Podemos dormir en una pensión y tomar pasteles y
queso en todas las comidas.
—¡Podemos visitar la tumba de Jim Morrison! —añade Josh.
—¡Podemos ir a una perfumería y encargar nuestros
perfumes personalizados!
—exclamo, y Josh suelta un bufido de risa.
—Mmm, estoy casi seguro de que
eso de encargar perfumes personalizados en una perfumería costaría lo mismo que
una estancia de una semana en una pensión —comenta y le da un empujoncito con
el codo a Margot—. Tu hermana sufre delirios
de grandeza.
—Es la más sofisticada de las
tres —asiente Margot.
—¿Y yo, ¿qué? —gimotea Kitty.
—¿Tú? Tú eres la chica Sung menos sofisticada. Por las
noches tengo que suplicarte que te laves los pies,
por no hablar de ducharte —respondo en tono burlón. Las facciones de Kitty se
arrugan y se pone roja.
—No hablaba de eso, pájaro
dodo. Hablaba de
París.
Me la quito de encima con ligereza.
—Eres demasiado pequeña para quedarte en una pensión Kitty
gatea hasta Margot y
se sienta en su regazo, a pesar de que tiene nueve años, y por lo tanto es muy mayor como para sentarse en el regazo de alguien.
—Margot, tú me dejarás ir,
¿verdad?
—Quizá podrían ser unas vacaciones familiares.
Podríais ir tú y Lara Jean, y también papá
—responde Margot, y le da un beso en la mejilla.
Frunzo el ceño. Ése no es el
viaje a París que me había imaginado. Por encima de la cabeza de Kitty, Josh
articula en silencio: «Lo hablamos
luego», y yo levanto discretamente los pulgares a modo de respuesta.
Es de noche. Josh se ha ido
hace rato. Kitty y papá están dormidos.
Nosotras estamos en la cocina. Margot está
sentada a la mesa con su ordenador; yo
estoy sentada a su lado, haciendo bolas de
masa de galleta y cubriéndolas de canela y de azúcar. Las hago para recuperar el favor de Kitty. Antes,
cuando fui a darle las buenas noches, Kitty se dio la vuelta
y no quiso hablar conmigo porque está
convencida que la dejaré fuera del viaje a París. Mi plan consiste en dejar las
galletas recién horneadas en un plato junto
a su almohada para que se despierte con su aroma.
Margot ha estado súper callada y, de repente, sin venir a cuento, levanta la vista de la
pantalla y dice:
—Esta noche he roto con Josh. Después de la cena.
La bola de masa de galleta se me cae de entre los dedos y aterriza en el bol de
azúcar.
—Había
llegado el momento —añade. No tiene los ojos enrojecidos; no ha estado llorando. Al menos, eso creo. Su tono de voz es tranquilo y monocorde.
Cualquiera que la viese pensaría que Margot está bien. Porque Margot siempre está bien, incluso cuando no lo está.
—No sé por qué teníais que
romper. El hecho de que te marches a la
universidad no significa que debáis romper.
—Lara Jean, me marcho a
Escocia, no a la Universidad de Virginia. Saint Andrews está a seis mil kilómetros de distancia.
¿Qué sentido tendría? —me pregunta, mientras se sube las gafas.
No puedo creer lo que dice.
—El sentido
es que se trata de Josh. Josh, ¡el chico que te quiere más de lo que
ningún chico haya querido nunca a ninguna chica!
Margot pone los ojos en
blanco. Cree que estoy siendo melodramática, pero no es cierto.
Es la verdad, así es lo mucho que ama Josh a
Margot. Nunca se fijaría en ninguna otra chica. De repente, dice:
—¿Sabes lo que me dijo mamá una vez?
—¿Qué?
Por un momento, me olvido
completamente de Josh, porque no importa lo que esté haciendo, tanto si Margot y yo estamos en mitad de una
discusión como si está a punto de atropellarme un
coche, siempre me detendré a escuchar una historia sobre mamá. Cualquier detalle, cualquier recuerdo que
Margot conserve, yo también quiero tenerlo. De todos
modos, soy más afortunada que Kitty. Ésta no guarda ningún recuerdo de mamá que
no le haya dado nosotras. Le hemos contado tantas historias y tantas veces
que ahora le pertenecen.
—¿Os acordáis de cuándo...? —comienza. Y entonces
cuenta la historia como si hubiese estado allí de verdad y no hubiese
sido un bebé por aquel entonces
—Me dijo que intentase no ir a
la universidad si tenía novio. Dijo que no quería que fuese la chica que llora al teléfono cuando habla con su novio y que
dice que no a las cosas en lugar de decir que sí.
Supongo que Escocia es el sí de Margot. Distraída, tomo una cucharada de masa de galleta y me la meto en la boca.
—No deberías
comerte cruda la masa
de galleta —me
advierte Margot.
No le hago ningún caso.
—Josh nunca
sería un lastre. Él no es así. ¿Te acuerdas de cuando decidiste
presentarte a las elecciones para el consejo de estudiantes y se convirtió en
tu director de campaña? ¡Es tu fan número uno!
Después de oír mi comentario, Margot
hace un puchero y yo me levanto y me arrojo a sus brazos.
Echa la cabeza atrás y me sonríe.
—Estoy bien —dice, pero no lo está. Sé que no lo está.
—Todavía
no es demasiado tarde, ¿sabes? Puedes ir hacia
allá ahora mismo y decirle que has cambiado de opinión. Margot niega con
la cabeza.
—Ya está hecho, Lara Jean
—contesta. La suelto y cierra el portátil—. ¿Cuándo terminarás la primera
tanda? Tengo hambre. Le echo un vistazo al temporizador magnético de la nevera.
—Faltan cuatro minutos. Vuelvo a
sentarme y replico:
—Me da igual lo que digas,
Margot. No habéis terminado. Lo quieres demasiado.
Margot niega con la cabeza.
—Lara Jean —empieza, en su típico tono paciente, como
si yo fuese una niña y ella una
anciana sabia de cuarenta y dos
años. Agito una cucharada de masa de galleta bajo su nariz,
y Margot titubea un momento y abre la boca. Se lo
doy de comer como si fuese un bebé. —Espera
y verás. Josh y tú volveréis
a estar juntos en un día, o puede que dos. Incluso mientras lo digo, sé
que no es verdad. Margot no es el tipo de chica que
rompe y luego vuelve con alguien por capricho; una vez
se ha decidido, eso es todo. No se anda por las ramas, no se anda con
remordimientos. Como suele decir: cuando se ha terminado, se ha terminado. Desearía
(y he pensado en esto muchas, muchas veces, demasiadas como para contarlas) ser más como Margot. Porque en
ocasiones tengo la sensación de que nunca habré terminado.
Luego, después de lavar los platos y de dejar
las galletas en la almohada de Kitty, subo a mi habitación.
No enciendo la luz. Voy
a la ventana. Las luces de Josh siguen encendidas.
Colores de cada uno son:
Sustantivos color
morado
Adjetivos color verde
Adverbios color rojo
Pronombres color azul
Verbos color naranja
Conjunciones color café
Preposiciones color amarillo
Uso correcto de la: “b, V,LL,Y,S,C,Z” color rosa
Comentarios
Publicar un comentario